Los has vuelto a escuchar en la habitación de la entrada.

Te levantas descalza y sientes que te duelen los huesos, y que hay humedad.

Empieza con un susurro, suena como un siseo. Luego le sigue un silencio y otra vez vuelve  a empezar.
Te quedas quieta y escuchas,  parada en el pasillo. Parece una nana.

Sientes los latidos tan fuertes dentro de tus orejas, que temes que todo sea una ilusión.

Te abrochas la bata, con el corazón en un puño y deshaces el camino, sigilosamente deprisa.

De nuevo, bajo las sábanas frías, lo vuelves a oir.

Susurras su nombre.

-“Los oyes, los escuchas?”

Por respuesta un suave ronquido.

Dos golpecitos en su espalda. Pruebas otra vez.

-“Están ahí; por favor, despierta”.

Él se remueve un poco. Se resiste a despertar, pero bajo el manto de la inconsciencia, percibe de que se trata, y tu urgencia y ansiedad.
Poco a poco se incorpora a tu lado.

En la penumbra te vislumbra una lágrima y te acerca su palma rugosa. Te acaricia, te habla, te acuna y te tapa.

-“Amor, no es nada. No te preocupes. Acuéstate”.

Le dices que no con la determinación y el gesto de una niñita obstinada.

-“Estamos a tiempo… Por favor. Por favor.”

El porfavor es casi un suspiro, una súplica.

Le llega al alma y le apena como nunca. Esta vez siente por dentro que debe acabar. Nota  además en sus espaldas el peso de los años,  y ya se ve viejo, sin ganas de luchar.

-“Vamos a mirar, cariño. Venga, vamos a mirar”.

Tu asientes y  le besas nerviosa.

Te ve esa sonrisa de antaño, traviesa y contenta. Que poco costaba que iluminara la habitación…

Se calza las zapatillas, y con la cabeza un poco gacha, cierra los ojos y reza un poco.

Nunca ha entrado a esas horas para mirar.

Tu le esperas de pie en la puerta. Le tiendes la mano y se la aprietas fuerte.

Él sabe que en ese momento le ama con toda su fuerza y traga saliva, cobarde y valiente.

Sonríe escondiendo la pena y es el primero en caminar.

Al fondo del pasillo, la puerta.

Avanzáis a media penumbra, cogidos de la cintura.

Se os ve muy ancianos, como ramitas secas, los dos abrazados.

Apoyas tu cabeza en su hombro y te balanceas al caminar.

Llegáis a la puerta. Nada se oye.

-“Amelia… No sé yo, si esto…”

Le pones un dedo en los labios y con los ojos cerrados comprendes que escucha.

Te ve tranquila y de pronto se da cuenta que ya no siente miedo.

Por debajo la puerta, un resquicio de luz.

Volvéis a agarraros de la mano. Él te mira esperando, que digas algo, que hagas algo, y  sabes que no habrá más excusas ni más dudas.

Te has rendido por fin, al cabo de tantos años.

Tu voz suena joven, y él recuerda el porqué te quiso des del primer momento en que le hablaste.

-“Son los hijos que nunca tuvimos. Nos han venido a buscar”.

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