Gira la noria.

Suena la música de la noria; hipnótica.

En el aire, palomitas, algodón de azúcar, manzanas asadas, garrapiñadas de almendras, y el suelo de arena, repleto de color.

Ríos de gente que grita y que ríe. Caritas rosadas, embutidas en gorritos de lana y bufandas de rayitas, y al lado de sus mamás, medio metro por debajo, ojitos grandes que suplican hacia arriba. Soñando más.

-¿Me montas mami? ¿Puedo otra vez?

Manos que rebuscan en los bolsos, bolsillos, en los monederos; que se tienden abiertas hacia arriba, casi en espera de limosna, consultando a los mayores, esperando una moneda.

Los pequeños aguardan con el aliento contenido, hasta que aparece la magia de las piezas plateadas. Risitas  y saltitos en la cola de la noria. Gira, gira, gira la noria, una y otra vez!!!

El hombre que acecha, viste hoy una gabardina. Y a pesar de que no llueve, botas de agua en los pies.

Se espera de pie detrás de una lona. Fuma en silencio. Silva algunas veces, y se pasa los dedos (hecha recién la manicura) entre su sedoso pelo color negro betún.

Huele a colonia cara, a llavero de casa con rosales en el jardín , y a un trabajo bien pagado de ocho a tres.

Tiene llenas de monedas los bolsillos; los caramelos ya hace tiempo que los dejó de usar. Las hace bailar, como a las notas un pianista, dentro del pantalón. Su pecho se agita, cierra los ojos y se concentra: el juego va a empezar, y ya ha fijado un objetivo.

De mientras, entre la gente, un niño presiente que está siendo observado. Es todavía muy pequeño para entender muchas cosas, pero sabe que desde siempre ha tenido lo que él llama “sensaciones“, que siente primero, y que son un señal de que luego pasan cosas, aunque nunca lo ha contado (tampoco confía en que lo vayan a creer).

Aunque es chiquitito, ha aprendido que es mejor ser fiel a sus instintos, y de pronto siente miedo, y se dice a sí mismo que algo, o alguien va a por él. Tendrá que  pensar un plan a ver si funciona. A mamá no le gusta la noria; siempre tiene que subir sólo él. Otra vez le toca pensar en qué hacer cuando le pasa eso de sentir tanto frío por dentro, hormiguitas en la tripita, manitas que se vuelven de nieve, y plomo en el lugar de los pies. Ya está cansado de intentar explicar y que nunca le escuchen. Que no lea tantos libros y haga algún amigo en el colegio como él….

Cómo él.

¿ Y a él que le pasa? No lo sabe, pero intuye que es algo relacionado con su carita dulce un tanto aniñada, sus pestañas largas, y sus ojos color brillantes y del color de la miel. Dentro tienen iris de mil colores.  A veces ve como su madre le observa y  se tapa la boca con la mano después. “Tienes la misma cara que tu tía, y su misma boca, del color de las cerezas…para lo que sirvió”.  Y entonces en su cuarto se los muerde para que se vean más rudos, hasta que le duelen y luego le sangran; pero cuando se vuelve a mirar en el espejo, sigue viendo a una chica en el reflejo, en lugar de él.

Quizás algún día conozca otro niño o otra niña, al que le pasen cosas igual que a él…Que también sea un poco rarito o rarita, y quiera compartir su chocolate. La tableta que le da su madre, le parece demasiado grande , y finge que le gusta para que no se enfade… Pero a escondidas  luego la escupe, aunque sabe que  no está bien.

Quizá algún día lo conozca, pero no hoy. Casi no le queda tiempo, ya lo nota en la piel.
Es tan sólo un pequeño instante. Basta un microsegundo, para que el mundo se detenga para según quién, justo cuando también cuando se para la noria. Suben en ella decenas de alegres manitas, y  de pequeños pies.

Más tarde, distintas personas comentaran cada pequeño detalle. “Lo tenía agarrado de la mano”; “Era el niño que estaba a medio metro en la cola, justo detrás”;” Cómo ha podido pasar con tanta gente?”;” Seguro que los padres son de fiar?”…

Gira la noria, gira que gira… Y de golpe el cielo se abre y lanza gotas como cuchillos, frías y punzantes, que lo llenan todo de prisas, y lo vacían de globos, pompas de jabón y luces multicolor.

Bajaron todos también de la noria. Bajaron todos, pero no estaba él.

Su madre da vueltas en eje sobre si misma, muy asombrada. Se aparta los mechones mojados que se aplastan contra el rostro, pregunta a los currantes, empieza a asustarse, pero le parece todo muy increíble y muy irreal, como un fotograma de esa serie americana, que algunas veces ella ve. Pero si hace nada, un minuto, un ratito, que estaba AQUÍ MISMO con él….

Muestra con gestos la medida del pequeño. Describe sus rizos castaños, y su cara regordita también. Explica que llevaba pantalones rojos, de pana, y una chaqueta verde de ante con capucha amarilla, de cuadro escocés.

La vendedora de entradas le muestra un gorrito mojado y sucio de barro.

Ella se aprieta el puño contra la boca, y asiente, y ahora empieza a creer.

Se oyen de lejos las sirenas de la policía. Por fin alguien los ha llamado. En cuanto llegan, cesa la lluvia, y se aparta un poco la muchedumbre que rodea a la mujer. Hablan con ella, y hacen batidas por las atracciones y tiendecillas de la feria. Ella les cuenta lo mismo, una vez, y otra también.

El encargado de la noria menciona un hombre con gabardina. Se acuerda, porqué  se fijó que llevaba botas de agua, y aún no había empezado a llover.

Se tensan algunos rostros, y se desmorona la madre que todavía aguantaba de pie.

Cae también algo detrás de una lona. Se entrevé, por debajo, una chaqueta verde oscuro, con una capucha de cuadro escocés.

 

Tenemos brujas.

 Tenemos vecinas. Y son brujas.

Espian tras los cristales y nos huelen las pesadillas.

Visten de gris como las motas del polvo, y se esconden del sol en el patio de atrás.

Los días de lluvia hacen ver que barren agua, y de reojo, nos susurran palabras ocultas entre los truenos y los relámpagos. Hablan las lenguas muertas y la de los muertos, des de dentro y del revés.

Más no nos dicen lo que quieren.

Llevan las uñas largas y el pelo alborotado. No es blanco ni rubio, sino del color de la paja vieja, y tienen los ojos empañados de niebla y gris.

Huelen a algo viejo y roto que jamás conoció primavera.

Simulan a veces que podan flores. Jamás creció nada en su balcón…pero siempre están allí.

Se tensa rígido su semblante con la risa de los niños, casi con un espasmo de dolor,  y se les ensombrecen las cuencas vacías, las veces que los oyen cantar. Supuran envidia y algo más… Muy muy oscuro.

Su mirada se vuelve hiel si ven tendido de arco iris la azotea.

De noche se les oye (flojo, flojito) como chirrian los dientes y se afilan las uñas contra el cristal de la ventana que da a nuestra habitación.

Algunas noches sin luna ni estrellas, también se escuchan caer los trocitos de piel seca y descamada de sus manos sobre las baldosas.

¿Qué más podría ser sino?

No sonríen, pero siempre están ahí.

Des de la última luna nueva, las sábanas nunca se secan y se vuelve el aire gélido (de repente).

No nos lo decimos,pero empezamos a tener miedo.

 Hay escarcha en las ventanas y manchas de moho verdosas en la pared. En el pasillo, des de ayer

Corremos bien fuerte las cortinas, y perfumamos el aire con lavanda, romero seco y jazmín.

Totalmente evitativos, fingimos no saber (ni temer), mientras quemamos piel de naranja y alimentamos la candela: pero tenemos frío… Y mucha sed.

Habrá que cambiar de casa, antes de que el mal se nos cuele dentro.

Tenemos brujas. Hay que irse.

Prométeme que no le diremos nunca a nadie el por qué!!!