Hoy he decidido que me marcho.
Lo dejo todo.
Incluso a mis hijos.
Me ahogo en un pozo oscuro del que en vano intento escapar. Me rompo las uñas escalando en busca de la salida. Resbalo y vuelvo a empezar…

No la encuentro. Estoy desganado y ya nada me importa.

Me he vuelto una inválido emocional.

Intento imaginarme las largas noches en que mis hijos se desgañitarán, llorando, gritando mi nombre; para acabar adormeciéndose en los brazos agotados de cualquier otro; cansados, vencidos por el sueño y por la tristeza.
No se rinden (aún).
¿Cuántas noches más me llorarán?

Imagino que sus sueños son inquietos y saben a lágrimas y a mi nombre; en una mezcla de triste y amarga realidad.
Tampoco quieren despertarse por las mañanas…

No siento nada. No me enternezco.

De mientras voy doblando otra camisa y la meto en la maleta.

Se hace tarde ya…
Recojo mi perfume y tras vacilar, lo saco de nuevo y lo vuelvo a poner en el estante.

Alguien podría querer evocar algún día como olía, o pulverizar un poco sobre la almohada para poder dormir mejor…

Lo pienso y no me apena.

Visto un traje de psicópata, hecho a medida y sin costuras. Una vez puesto ya no se puede quitar.

Cierro la maleta y dejo las llaves encima la mesa.

Vivo otra vida. Nunca he vuelto atrás.

Un día voy por la calle y me paro en un semáforo. Delante mío, de pronto, los dos.
Ella está dando saltitos. Está contenta porqué hoy va a nadar.
Él se pelea con la sudadera. La etiqueta le escuece y le pica, e intenta arrancársela y no sabe qué hacer.

En el esfuerzo saca la lengua y el flequillo le tapa los ojos. Su hermana le revuelve el pelo y de un tirón se la arranca.

-“¿Lo ves? Ahora ya está!
Los dos se miran, se dan la mano, y se sonríen: dos corazoncitos en medio de tanta gente que viene y que va…
No me he fijado en sus ojos…Imagino que seguirán verdes…verde musgo, decías tú.

Me detendré unos segundos en vuestros rostros, en el tono de vuestro pelo y en el gesto que teneis al hablar. Os aspiro y os retengo, en un instante, todo otra vez.

Me mirais y existe un microsegundo de instintivo reconocimiento mútuo, imperceptible, pero real (o eso quiero creer).

El semáforo se pondrá de nuevo de verde, y yo echaré otra vez a andar.
Algo mío se alejará con ellos.

Quizás luego ellos también se detengan y miren un momentito hacia atrás.Quizás les invada por un momento un déjà vu y una inquietud, pero sólo verán mucha, mucha gente andando.

Los dos con las manitas aún cojidas…

Han buscado tantas veces… Esta será sólo una más.

Llegaré a casa y saldrán a recibir-me mis otros hijos.

Me revolotean parlanchines, se me cuelgan pegajosos y dulces, huelen a piruleta.
Les cogeré en volandas y los pondré boca a bajo, y les sacudiré hasta que se les caiga la risa.

Le daré un beso a mi otra esposa.
Sonreirá con esos dientes blanquísimos, tras esos labios de fresa que un día me hicieron volar.

Tampoco sentiré nada.

Subiré más tarde al altillo.
Al fondo, casi olvidada, está la maleta que llené esa vez.
Jamás ha vuelto a ser usada.
Alargaré el brazo para poder acercar-la y sin darme cuenta la acariciaré.

Me quedaré dormido con la oreja pegada a su tapa, intentando escuchar el sonido de mi vida anterior, que cupo una vez en medio metro quadrado.

Me subirán por fin las arcadas.
Vomitaré antes de llegar a bajo, y al final me encontraré bien.

Elena ha preparado la cena.

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